UNIDAD
INDIVISA
Y
SIN DIFERENCIACIÓN
®Giuseppe
Isgró C.
16. Aquellos que profesan esta doctrina,
pretenden encontrar en ella la demostración de algunos de los atributos de la
Divinidad y razonan de esta manera: Los
mundos son infinitos, por lo tanto, es infinito, también, Dios. El vacío o la
nada no existe en algún lugar, por lo cual Dios está en todas partes. Estando
en todas partes, ya que todo es parte integral de Él, Dios da a todos los
fenómenos de la naturaleza el carácter de la inteligencia. ¿Qué objeción
se puede oponer a esta opinión?
“La razón. Reflexionad bien y no os será difícil
descubrir la absurdidad”.
Esta doctrina hace de Dios
un ser material, que, si bien dotado de inteligencia suprema, sería en grande
lo que nosotros somos en pequeño. Ahora, si así fuese, por cuanto la materia se
transforma perennemente, Dios no tendría estabilidad alguna, estaría sujeto a
todas las mutaciones y a todas las necesidades del ser humano y le haría falta
uno de los atributos divinos más esenciales, cual es el de la inmutabilidad.
Las propiedades de la
materia son incompatibles con el concepto de Dios, y no hacen más que
profesarlo. Todas las sutilezas del sofisma no alcanzarán jamás a
resolver el problema de su íntima naturaleza. Por otra parte, si no
sabemos lo que es Dios, conocemos bien, en cambio, lo que Él no puede ser.
Ahora, este sistema está en abierta contradicción con los atributos
divinos más esenciales, y confunde el Creador con la criatura, como si se
dijese, que una maquina ingeniosa es una parte integral del mecánico que la ha
concebido.
La inteligencia de Dios se
revela en sus obras, al igual que la de un pintor en su cuadro; empero, las
obras de Dios no son Dios como el cuadro no es el pintor que lo ha realizado.
El Libro de los Espíritus
Allan Kardec
En comentarios
anteriores se ha explicado como cada ser en los cuatro reinos naturales:
humano, animal, vegetal y mineral, constituye una emanación a la conciencia
individual a partir de la Divinidad sin dejar de ser la Divinidad y sin
separarse de la Divinidad.
Cada uno de los seres de
los cuatro reinos naturales está dotado de una conciencia que es la réplica
exacta de la de la Divinidad. Es decir, la conciencia de la Divinidad se
encuentra presente en cada ser de acuerdo con los estados – valores – atributos
desarrollados y en el respectivo nivel – grado – estación en que cada quien se
encuentre.
La diferencia de la
conciencia de la Divinidad con la de cada ser emanado a la conciencia
individual consiste en que la Divinidad tiene su conciencia desarrollada en
todos sus estados y estaciones, atributos y grados perceptivos, comprensivos,
conocedores y realizadores, en todas las vertientes y variantes. Mientras que,
cada ser de los cuatro reinos naturales los tiene desarrollados en su
respectivo nivel evolutivo.
Empero, la Divinidad es
anhelo de ser y el ser individual la expresión de ese anhelo o voluntad de ser.
La Divinidad actúa en cada ser por medio de la conciencia, manifestándose en
ella por el lenguaje de los sentimientos de los valores universales, por cuyo
intermedio ejerce acciones coercitivas, coactivas, de empuje y de bloqueo, de
manera que, cada ser, pueda realizar la cosa correcta, en el lugar adecuado, en
el tiempo perfecto de la Divinidad.
La Divinidad tiene
plasmada, en su conciencia, la ley cósmica. El ser individual, también. La
diferencia es el grado de desarrollo. En ambos, la ley cósmica es eterna e
inmutable. Pero el ser individual adquirirá conciencia de la totalidad de la
ley cósmica durante la eternidad, sin agotarla jamás, ya que los valores
universales que la sustentan son infinitos en sus grados perceptivos
–estaciones perceptivas- de la verdad universal. En su eterno viaje de regreso
del ser individual, en los cuatro reinos naturales, hacia el Ser Universal, va
adquiriendo conciencia de los estados-atributos divinos-valores universales,
pasando de una estación a otra, de un grado a otro, en la eterna e infinita
escala de la polarización universal. Es un trabajo de alquimia espiritual
transmutándose cada ser de un grado de conciencia a otro más elevado, en todos
los estados de conciencia, atributos divinos o valores universales.
Además, estando el
infinito universo lleno de la energía universal cuya fuente es la misma
Divinidad, como si la misma Divinidad, – Espíritu universal, tuviese diferentes
escalas de frecuencias vibratorias -según los reinos naturales que existen, de
la cual se alimentan cada uno de dichos reinos-, la presencia de la Divinidad
se encuentra en cada ser de cada reino natural, sin dejar de ser la Divinidad y
sin separarse de la Divinidad.
Pese a la aparente
diversidad entre la dimensión espiritual y la física, ésta se encuentra
vivificada por los entes espirituales de los cuatro reinos naturales.
En toda expresión de
vida en la dimensión física, se encuentra la Divinidad que la anima; y toda
expresión de vida forma parte de la Divinidad sin ser toda la Divinidad, pero,
es la Divinidad. Una paradoja digna de constante meditación.
La inmutabilidad de la
Divinidad no reside en la quietud de la materia, sino en la perpetuidad de la
Ley que la organiza. Recordemos que los Espíritus elementales de la naturaleza,
en el reino mineral, son también una emanación a la conciencia individual a
partir de la Divinidad, sin dejar de ser la Divinidad y sin separación. Al
vibrar en determinadas frecuencias, manifiestan los distintos elementos,
constituyendo el mundo material.
Así como la luz blanca
permanece pura aunque se fragmente en los siete colores del arcoíris al
atravesar un prisma, la Divinidad permanece inmutable mientras se manifiesta en
las diversas frecuencias de los cuatro reinos. La 'mutación' que observa Kardec
es solo el proceso de Alquimia Espiritual: el movimiento de las formas
regresando a su Fuente, impulsadas por un sentimiento cósmico que nos guía,
infaliblemente, hacia la perfección del Ser Universal.
Un eterno camino de
retorno a la fuente, sin concluirse jamás, porque siempre se encuentra un más
allá en progreso y expansión de la conciencia perceptiva, comprensiva,
conocedora y realizadora, adquiriendo, cada vez mayor grado de experiencia, en
todas las vertientes y variantes, ad infinitum.
Es decir, la divina
senda de la perfección a que aludía Pitágoras, en el aforismo XVIII de los
Versos de Oro.
Los medios para
realizarla, o recorrerla: La meditación, la confianza, el ejercicio de una vida
virtuosa enmarcada en los parámetros de los valores universales, y el estudio
de la ciencia del universo: todas las ciencias, todas las filosofías, todas las
artes, y una espiritualidad centrada en la fuente: la eterna fluente
naturaleza: la Divinidad, de la que cada ser es un instrumento de su voluntad
en estado de potencialidad infinita, para coadyuvar a la construcción de la
Gran Obra en la expansión de la Creación.
Adelante.
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